¿Parálisis o resiliencia?

13.09.2015 16:26

Hoy os hablaré de dos fenómenos opuestos. Dos fenómenos relacionados con nuestra mente y que cualquiera de nosotros los experimenta de forma habitual. Quiero hablar de ambos conceptos al mismo tiempo, ya que siempre he pensado que el mejor entendimiento de algo se obtiene cuando a su vez entendemos lo opuesto.

La resiliencia y la parálisis. Ayer por la mañana bajé a la playa a tomarme un cafecito mientras observaba el mar. Soplaba un viento del sureste, agradable con el calor que hacía, pero que creaba un efecto curioso en la superficie del agua. En el rincón de las rocas donde suelo ir con la tabla apenas había oleaje, salvo más allá del dique. Allí se percibía una leve marejada que entraba en forma de ondas camufladas hacia la costa. Pero lo curioso está en que las olas entraban en diagonal, desde el sureste, dejando un triángulo en la orilla sur de la playa donde la superficie estaba como un plato. No sabía si coger la tabla de paddle surf y quedarme en mi triángulo, o coger la tabla de surf y lanzarme fuera del triángulo protegido.

En realidad las olas no eran suficientemente grandes como para hacer surf, aunque algunos niños que estaban de curso se lo pasaron francamente bien. Finalmente me aventuré con el paddle surf dentro y fuera del triángulo protegido.

Arrojé la tabla sobre el agua, puse el remo encima y me lancé. Braceé un buen rato hasta dejar atrás la orilla y la basura que allí se había acumulado por el viento. Cuando estaba a una distancia de cincuenta metros de la playa me puse de pie y comencé a remar. Atravesé el triángulo protegido. La tabla comenzó a desestabilizarse; tenía que esforzarme para mantener el equilibrio. Cuando me encontré lejos de la orilla, la marejada que desde la arena parecía leve se convirtió en una montaña rusa. Subía y bajaba de pie sobre la tabla. Me gustó la sensación. Noté que mi cuerpo estaba ejercitando intensamente todos sus músculos.

De pronto una ola me cogió de frente, elevó la punta de mi tabla y en el momento del desplome salí disparada hacia delante. Hacía mucho tiempo que no me caía haciendo paddle surf. Enseguida sentí una necesidad de levantarme, volverme a poner de pie sobre la tabla y meterme más hacia dentro del mar. Sentí que me había salido la garra luchadora, sólo que esta vez luchaba contra el mar. De pie sobre la tabla, totalmente mojada y dispuesta a pegarme otra zambullida imprevista, sonreí. Me sorprendí sonriendo. Después comencé a reírme. Me reía a carcajadas. A mi alrededor no tenía a nadie, pero el simple hecho de verme entre aquellas olitas que desestabilizaban mi tabla, dispuesta a pelearlas, a vencerlas, me hacía sentir viva. Muy viva. Y lo mejor de todo es que sabía que las vencería.

En medio de la batalla me giré por un instante y observé que una pareja de jóvenes intentaba ponerse de pie sobre la tabla. Ellos estaban cerca de la orilla. La chica mantenía muy bien el equilibrio pero él no conseguía permanecer más de dos segundos sobre la tabla. Desde la distancia a la que yo me encontraba pude percibir los temblores de su cuerpo. Eran temblores de miedo, no de valentía. Tras varios intentos fallidos el chico optó por quedarse en el agua agarrado a la tabla. De vez en cuando cogía impulso, se sentaba sobre la tabla y comenzaban las inseguridades. Estuve a punto de acercarme, apartar a la paparda de su compañera y ayudarlo de verdad. Aquel chico necesitaba un par de buenos consejos, ánimo y confianza en sí mismo. La compañera se paseaba alrededor suyo. No me pareció verla en posición de estar dándole muchos ánimos.

La cuestión es que el chico se paralizó. Cada vez que se ponía de pie sobre la tabla las rodillas le flaqueaban tanto que era imposible que pudieran sostener su cuerpo erguido. Transcurrió la hora, se acabó el tiempo. Los dos volvieron a la arena. Me dio pena pensar en la pésima sensación de fracaso que se llevaría aquel chico de una experiencia tan bonita como el paddle surf. Sin duda alguna la parálisis psicológica que había sufrido durante la actividad iba a formar parte de su mundo de traumas.

En ocasiones no nos damos cuenta de la manera tan tonta que tenemos de crearnos traumas, prejuicios y miedos. Es inevitable sentir miedo. La clave está en saber valorar al enemigo. ¿Nuestro enemigo es capaz de matarnos? Salvo que estemos ante un león, un asesino o alguna otra situación extrema, en la mayoría de los casos sabemos que no nos va a pasar nada malo. Si es esa la situación, con más razón hay que echarle garra. Si nos acostumbramos a hacerlo como algo habitual en nuestra vida (practicando deporte, asumiendo retos, viajando por el mundo, tomando decisiones, etc.) cogeremos confianza en nosotros mismos y poco a poco nos reconvertiremos.

Una persona que está habituada a luchar, a tomar decisiones desde el corazón (no desde la cabeza), inevitablemente poseerá una gran resiliencia. Si nos acostumbramos a decidir siempre con la cabeza, no nos atreveremos a hacer el 90% de las cosas que queremos hacer en esta vida. Las rodillas no nos temblarán pero seremos débiles y como débiles sufriremos.

Mientras volvía en moto a casa pensaba en lo peligroso que era circular en moto por la ciudad. La compré sin haber conducido jamás una moto. En su momento tuve a una persona a mi lado que me animó a ello. Si no hubiera sido por él ahora no sabría llevar una moto. Cuando la cogí por primera vez, aceleré y mis nervios no me dejaron soltar el acelerador. Suerte que no era una bajada. Me topé con una curva y al no soltar el acelerador, me di un castañazo importante. Era una carretera sin tráfico. Fuimos allí para que yo pudiera practicar. Mi ex pareja se reía a carcajadas y yo también. En el segundo intento pensé antes de actuar. Interioricé el gesto que tenía que hacer para dejar de acelerar y después frenar. Bien. No me caí… circulando. Me caí al parar la moto porque no sabía cómo sujetarla y me vencía hacia el lado izquierdo. La verdad es que no es una moto muy estable y menos para una principiante.

La segunda vez que practiqué, esta vez en circulación, comencé a dar tantas vueltas por las calles de Poblenou que me perdí. Mi entonces pareja me estaba esperando en el mismo punto desde donde había salido con la moto, pero no conseguía encontrarlo. Estuve un buen rato paseándome de forma descontrolada con una moto que todavía no entendía, en pleno tráfico y sin saber por qué calles girar sin provocar un accidente. Os aseguro que un par de veces estuve a punto de parar en una esquina y llamar a mi pareja para que me viniera a buscar. El problema fue que si paraba se me iba a caer la moto… Un desastre… pero al final llegué. Allí estaba esperándome con cara de incrédulo. Por supuesto me ahorré los detalles de mi aventura.

Me costó tiempo aprender a dominar la moto, pero no por ello dejé de cogerla. Iba a trabajar en moto. Muchas personas me decían que era muy valiente. Descubrí que la mayoría de las chicas dejaban de coger la moto por miedo. Yo no quería que me pasara eso, así que cuando sentía que tenía miedo a cogerla la cogía con más exigencia. Me obligaba “a lucharla”. Después de haberme empotrado como un mosquito contra el coche de delante en un semáforo en ámbar, después de que un coche en marcha atrás me derribara a la salida de un parking, y después de haberme caído de la acera a la calzada unas cuantas veces por no saber aparcar bien, aquí estoy, conduciendo la moto por la ciudad, sin miedo pero con respeto.

No permitáis que el miedo os venza. Reemplazad el miedo por el respeto y a por ello.