Baja por desilusión

04.09.2013 12:12

Hace exactamente 61 días tomé una decisión con la que no me sentía identificada, y por consiguiente, de la que no me sentía orgullosa, pero traté de convencerme a mí misma de que me ayudaría a estar más informada sobre algo que nunca vi con buenos ojos: las relaciones cibernéticas.

Una tarde de jueves tenía que desplazarme a otro barrio de la ciudad donde había reservado una limpieza de cutis. Como de costumbre fui caminando desde mi casa, y cuando me quedaban 150 metros para llegar al centro de estética vi a un chico en la otra acera de la calle, de espaldas, con unos tejanos caídos y una camiseta azul de manga corta. En ese momento toda su imagen me recordaba a mi ex, hasta el punto de pensar que era él.

El detonante fue que se encontraba en una actitud de espera, y de pronto se giró ligeramente mientras bostezaba. Me seguía pareciendo que era él, esta vez con mayor intensidad, porque el bostezo le iba como anillo al dedo… Lo hacía muy frecuentemente. El único detalle que no me encajaba eran sus tejanos caídos. Me resultaron demasiado atrevidos y juveniles para su gusto hasta lo que yo sé.

Reconozco que todos esos detalles comenzaron a sacudir ideas de todo tipo en mi cabeza: “¿Habrá quedado con alguna chica?”. Miré al reloj y eran casi las 9 de la noche… De pronto me pareció que hasta la hora de quedar le encajaba perfectamente. Y era jueves… Recordé nuestras primeras citas… y todas ellas fueron un jueves. Mi mente se obsesionó en traicionarme, así que llegué a pensar que en el tiempo que llevábamos separados se había vuelto más juvenil y que tal vez aquellos tejanos caídos también fueran suyos.

Fue una situación de desequilibrio total. Cuando llegué al centro de estética, el 60% de mi mente estaba ausente de la conversación que mantenía mi otro 40%. Me tranquilicé, traté de observar mis emociones y me dije reiteradamente que no merecía la pena, y que estaba mucho mejor sin él.

Aunque conseguí restablecer mi equilibrio psicológico con bastante dignidad y celeridad, sentí que aquel masaje facial no lo había disfrutado como llevaba pensando toda la semana. Me molesté conmigo misma por haberlo permitido, y de pronto me vino la fatídica idea: el mundo seguía dando vueltas, las personas proseguían con sus vidas, y posiblemente, él estaba rehaciendo su vida, sin mirar atrás, sin que mi recuerdo interfiriera para nada en sus decisiones… Me veía como la única persona que estaba parada en medio del mundo, mirando cómo el resto de la humanidad construía una familia y avanzaba en la vida.

Mi resentimiento afloró de repente, dejando entrar en mi espacio espiritual pensamientos como… “fui una más en su colección de álbumes de fotos”, “me dejó tirada como una colilla cuando más lo necesitaba”, y… “ahora será a mí a quien utilizará para comparar las virtudes y los defectos de su nueva pareja”… (Si estuviera en una isla desierta gritaría a los cuatro vientos y rompería todo lo que encontrara por mi camino).

Entonces fue cuando lo decidí. Llegué a casa y me registré en una página de contactos. Desde el primer día recibí decenas y decenas de mensajes de todo tipo, lo que inicialmente hizo que recuperara mi ilusión, pero cada semana me llevaba alguna decepción. Descubrí un submundo que en el día a día no se percibe, y tuve la sensación de que un número elevado de relaciones que presenciábamos en la superficie de la tierra eran falsas…

Quedé únicamente con una persona. Fuimos a comer, hablamos, nos reímos y allí quedó todo. Al día siguiente ambos estábamos conectados de nuevo en la página de contactos, tal vez por diferentes motivos, pero me fue suficiente para pensar que aquello era un juego para la mayoría de las personas que estaban registradas.

Me habían sacado de mis mundos de Yuppie y me habían estampado la cruel realidad del amor en la cara. Mi búsqueda eterna del amor auténtico, incondicional y eterno, no sólo seguía en suspenso, sino que rechacé por completo su existencia. Solicité mi baja hace cinco días.

Durante mi experiencia de dos meses “expuesta” al mercado cibernético, lamentablemente me reafirmo en la opinión que desde la ignorancia defendía tiempo atrás: siempre estaremos expuestos a las desilusiones, bien sean cibernéticas como presenciales, pero si puedo escoger, escojo vivir mis ilusiones y decepciones de forma auténtica.

Creo en las “causalidades”, en el cruce de miradas, en una sonrisa compartida, en un sentimiento que nace y crece de forma inesperada, sin buscarlo. Ahora bien, desde mi humilde punto de vista, opino que nada es eterno, o al menos no estamos preparados para afrontar un compromiso incondicional y eterno.
 

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