Crónicas de cuando no nos conocimos

04.06.2016 15:01

"No estaba segura de si iba a llegar a la cita. Le esperaba una tarde ajetreada y según transcurrían los minutos sentía inminente la necesidad de posponer la hora. Tras un intento fallido de cambiar el lugar de encuentro se conformó con poder llegar algo más tarde.

Cuando entró en la bodeguilla vio a su amiga sentada en la barra, rodeada de cuatro chicos. Vestían de obra, con sus camisetas algo sucias, los pantalones anchos y caídos, y para su sorpresa, dos de ellos con el pelo largo recogido en una coleta. Cuando se acercó para darle dos besos a Isabel, el más joven de todos se levantó rápidamente del taburete para cederle el asiento. Su rostro le llamó la atención. Tenía una tez clara, fina y perfecta. Con algunas arruguitas pero con un brillo especial. Su pelo recogido por encima de la nuca parecía voluminoso; los mechones de ambos lados de la cara los llevaba escondidos tímidamente detrás de las orejas.

El líder del grupo "coincidió" con que era el encargado de la obra. Un chico muy sonriente, gracioso y sociable. El mayor del grupo también era el más antiguo en la profesión y era el que tenía el pelo más largo y rizado. Era una persona agradable, sensata y bromista. El cuarto era especialmente callado, poco seguro de sí mismo, aunque buen trabajador y confiable. Sus ojos eran de color miel. El más joven no dejaba de mirar a la recién llegada hasta que por fin entablaron su primera conversación. Dada la animación del ambiente era difícil comenzar y acabar de hablar de un tema con la misma persona, pero el joven y la recién llegada volvían a intentarlo una y otra vez.

Una hora y media después llegó el dueño del hotel donde estaban trabajando. Era un chico joven, con poca experiencia en el sector, pero como ellos decían con mucha gracia, "muy buen partido". Se había educado en una buena familia, estaba muy apegado a su padre y desde jovencito tuvo la suerte de recorrer el mundo junto a él. Sara miraba a su amiga Isabel que mantenía con gran dignidad el ritmo de la fiesta, aunque era cada vez más evidente que Isabel había bebido de más.

Sara no perdía de vista a Ismael. Se dio cuenta de que Ismael tampoco la perdía de vista a ella. Iba entrando y saliendo de las conversaciones que se iban produciendo en el caótico grupo, pero siempre acababa acercándose a Sara, hasta que algún compañero volvía a interponerse. Cuando llegó Tomás, Ismael se dio cuenta de que quería acaparar la atención de Sara, y para sorpresa de ella, Ismael se mantuvo distante, cediéndole a Tomás el privilegio de estar con ella.

Sara buscaba la mirada de Ismael, quien a su vez permanecía cerca, atento a la conversación pero sin querer interferir. Después de casi tres horas en la bodeguilla, los chicos decidieron mostrar a las chicas el avance de sus obras. El hotel se encontraba al otro lado de la calle. Dado que en dos días debía estar completamente acabado y con huéspedes durmiendo en las habitaciones, las dos amigas tenían una enorme curiosidad de conocer las circunstancias en las que sus colegas trabajaban de sol a sol, y en cómo iban a ser los siguientes dos días en los que tenían que ir a todo gas para cumplir con las fechas.

Visitaron el edificio señorial. Los detalles en los que habían trabajado los chicos denotaban gran calidad en su trabajo. Sara entendió por qué Tomás había contratado a aquellos chicos para que vinieran desde tan lejos. Eran muy buena gente, cumplidores y grandes profesionales. Durante la media hora que duró la visita, los comentarios dejaron claro que Ismael era un profesional exquisito, con manos finas para los detalles y con un sentido del humor que convertía las jornadas interminables de trabajo en una mezcla entre obligación y ocio.

Decidieron irse juntos a un local con música en directo. Mientras el resto hablaba y se reía de pie en la acera esperando a que alguien marcara el paso, Ismael  se acercó a Sara y le susurró que se iba a sentar en un banco que había a pocos metros. Tenía las piernas doloridas del esfuerzo físico y de las complicadas posturas que tuvo que adoptar durante la jornada laboral. Ella no sabía qué hacer. Al cabo de un minuto se apresuró al banco y le cogió del brazo preguntándole si se encontraba bien. Habían conectado profundamente.

Ismael se levantó y ambos se unieron al grupo para caminar hacia el local. Tomás apartó en un despiste a Ismael y entabló una conversación con interesantes puntos en común entre ambos, lo que hizo que Ismael se quedara detrás de la pareja, atenta a la conversación pero sin decir nada. Llegaron al local y Sara se sentó en una mesa al fondo. Vio que Ismael no quería ocupar el asiento que había a su lado así que le pidió que lo hiciera. Llegó Tomás y se sentó enfrente, cara a cara con ambos, mirando fijamente a Sara. Ismael se levantó de su silla y cedió su asiento a Tomás, quien no dudó en aprovechar la buena naturaleza de su empleado para estar al lado de Sara.

En ese instante Sara estaba plegando su chaqueta de cuero para ponerla encima de su bolso debajo de la mesa. No podía creer lo que estaba sucediendo. No podía creer lo que Ismael estaba apunto de sacrificar. Como si de una escena de una película romántica se tratara, Sara supo que en aquel preciso momento la historia había cambiado de rumbo. Desde ese momento existirían dos futuros paralelos en su vida: el futuro con Ismael y el futuro sin Ismael.

Tomás y Sara hablaron durante una larga hora, durante la cual Ismael estaba distante pero observador. Sara no podía apartar la mirada de su rostro. Durante una hora fue consciente de lo que había dejado de ser, de lo que nunca iba a ser y de lo que siempre se iban a arrepentir. Al final de la noche, ante la mirada atónita de Ismael, Sara se vio obligada a escribir su número de móvil en el brazo de Tomás, entre risas y bromas. En el fondo ella esperaba que los números no fueran legibles al día siguiente, y que de alguna manera Ismael los pudiera haber leído antes.

Isabel y Sara se despidieron de todos ellos y salieron del local. Como por arte de magia, Ismael se encontraba fuera, de pie contra la pared, sin hacer nada. Isabel paró un taxi de forma apresurada, se montó y se fue. Sara e Ismael se quedaron mirando uno al otro, sin saber cómo despedirse. Él se ofreció para acompañarla a su coche y dar así un paseo. Ella le cogió del brazo sin rechistar mientras sonreía pensando que era la primera vez que no ponía ningún impedimento a alguien interesado en prestarle algún tipo de ayuda. Lo estaba deseando. El paseo duró diez minutos. Él aprovechó para contarle un par de secretos que marcaron su vida y ella se limitó a escucharlo y a mirarlo. Llegaron al coche. No querían decirse adiós pero Sara sabía que Ismael no iba a dar el paso.

"Ojalá nos hubiéramos conocido antes, ¿verdad?". Ismael sonrió y prometió a Sara que si volvían a la ciudad tendría noticias suyas. Ninguno de los dos pidió el número de teléfono al otro. Ninguno de los dos se atrevió a romper el silencio.

Sara se fue a casa pensando que había perdido su oportunidad. Ismael cruzó la calle cabizbajo con la tranquilidad de no haber herido a nadie. Pensó que no la merecía. Pensó que sería más feliz con alguien como Tomás."