Dos desconocidos

04.11.2013 18:45

El silencio de las palabras duele tanto como su discurso feroz.

Momentos compartidos, vidas entrelazadas, secretos confiados entre sonrisas y lágrimas.

Miradas profundas que lo decían todo y nada a la vez.
El regalo de una esencia natural, frágil y vulnerable, sólo para ti, por siempre jamás.

Sólo por amor. Amor incondicional por haberte encontrado, por haberte mostrado ante mí.

El recuerdo del despertar de una pasión que murió en tormento, sin opción.

La impotencia de sentir lo que es más profundo que un océano helado.

La desilusión de descubrir lo que jamás existió, un hechizo infernal, un encanto mortal.

La agridulce rendición a lo confuso, a lo inconexo, a lo incoherente. El final de un vínculo sin igual que una noche debí soñar sin saberlo.

Una entrega sin excepciones, de la que vagamente pueden recuperarse las riendas.

Un todo a cambio de un mundo de incertidumbres, sin dudas, sin cabezas bajas.

Al final del camino, que inevitablemente llega, no se contempla más que una estaca al borde del precipicio. Siempre nos quedará esa estaca para agarrarnos a ella, para sentarnos sobre ella… para impedirnos el salto al precipicio, y para recordarnos que lo que fue se fue.

Al final del camino nos hemos convertido en dos desconocidos entre la multitud, dos desconocidos que con suerte se cruzan una recelosa mirada al cederse el paso, sin entorpecer.

Tú me cedes el paso deseando no llamar mi atención. Yo camino frente a ti, dedicándote una resentida mirada que probablemente no sea la última.