El consuelo de Lur

01.02.2014 13:43

Habíamos llegado hacía media hora. Lur llevaba 3 días con pocas ganas de comer y las últimas 48 horas vomitaba frecuentemente. Aún le quedaban ánimos para jugar así que me sentía relativamente tranquila. Seguramente sería un virus estomacal. Le habían sacado sangre y orina; le habían rasurado el pelo que le cubría la vejiga. Durante las pruebas el pobre no se movió, se dejó hacer de todo. Me miraba mientras estaba boca abajo con las patitas al aire. Pensé que estaría sintiendo cosquillas mientras le tocaban la tripita, así que de alguna manera decidí pensar que estaba disfrutando.

Mientras esperábamos a los resultados en el despacho de la doctora, él seguía jugando, no con el ahínco que le caracterizaba, pero al fin y al cabo se le veía animado. Se abrió la puerta y una mujer joven con gafas de pasta marrón nos miró con una sonrisa dulce. Se sentó mientras abría el sobre y sacaba los resultados. Por sus prolongadas pausas en seguida supe que las cosas no iban bien. Efectivamente. Lur se estaba muriendo. Se le estaban parando los riñones y no sabíamos por qué. La cuestión es que no había tratamiento posible. Lo único que podíamos intentar era frenar su avance, y tal vez así, podríamos hablar de esperanza. 

No pude evitar comenzar a llorar. En ese momento no había nada que pudiera devolverme la calma. La doctora me recomendó dejar a Lur allí para que lo pudieran tratar inmediatamente y hacerle un seguimiento exhaustivo. Si me lo llevaba conmigo a casa, al día siguiente estaría muerto y probablemente sufriría mucho. 

Ante la impotencia no podía dejar de llorar. De repente, Lur se me acercó, puso su cabecita en mi regazo y ahí se quedó. Él de pie, yo sentada, y sintiendo mis lágrimas caer sobre su cabeza. Nunca olvidaré aquel momento. Lur era muy inquieto y lo veía incapaz de quedarse quieto tanto tiempo, sin moverse, sin echar a correr o hacer travesuras. Comprendí que era su manera de consolarme y de decirme que no pasaba nada, que todo iría bien. Lo dejé allí y fue la última vez que lo vi contento.

Durante los 3 días siguientes le sometieron a un tratamiento agresivo al que no respondió. El cuarto día el pobre caminaba fatigado. La doctora me dijo que habíamos llegado al punto de inflexión. No había solución posible y a partir de aquel momento Lur sufriría. No lo pude soportar. Hubiera dado todo el dinero del mundo por recuperarlo y traerlo de vuelta a casa, pero nada de lo que podía hacer era suficiente. La cura no tenía precio, no existía. Lo abracé, y mientras le daba besitos alrededor de los ojos y le acariciaba su patita, la doctora le dio la inyección. Se giró suavemente para mirar lo que le estaban haciendo y volvió conmigo. Nos quedamos agarrados los dos, conectados entre lágrimas, hasta que finalmente dejó de respirar.

Si su alma abandonó el cuerpo en aquel instante, espero haberlo inspirado para mí. Lur fue un ser admirable y me enseñó más de lo que yo pude enseñarle a él.

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