Las casualidades no existen

31.12.2014 14:49

Como cada fin de año he querido compartir con vosotros algunas historias que me han sucedido los últimos días. Creo que son experiencias bonitas que llevan a la reflexión, pero sobre todo nos llevan a la ilusión, a la esperanza y a la confianza en nosotros mismos.

El día de Navidad recibí un mensaje de un amigo pidiendo colaboración para una mudanza de una amiga que se encontraba temporalmente en silla de ruedas. Yo estaba fuera de la ciudad, en casa de mis padres celebrando las fiestas. Lo primero que pensé fue… “¡Vaya tela! Una mudanza en estas fechas y encima impedida…”. A los dos días volví a Barcelona y mientras estaba en la cocina me acordé de aquel mensaje que dejé sin responder.

Tal vez todavía necesitarían ayuda, así que allí estaba yo, dispuesta a ayudar con alguna cajita. Lamentablemente no podría cargar grandes pesos pero llenar cajas y cerrarlas… tengo alguna práctica. Enseguida mi amigo respondió. La mudanza se había aplazado al día 31, así que al día siguiente necesitarían ayuda para hacer cajas.

Nos encontramos a última hora de la tarde en el portal de la amiga a la que íbamos a ayudar. Era un portal alto, antiguo, de los que dejan entrever que al menos en otra época albergaba familias de clase alta. Antes de subir fuimos a recoger cajas de cartón por algunas tiendas y supermercados. Lamentablemente encontramos poca cosa. A mi amigo se le ocurrió que tal vez en su despacho podríamos rescatar alguna.

Conocía su despacho. Lo alquilaba para dar cursos diversos y no hace mucho había asistido a dos de ellos. Lo que no sabía era que hace unos años aquello fue una discográfica y que él mismo se dedicaba a producir discos. Las casualidades no existen. Llevo un tiempito pensando cómo hacer contactos con personas relacionadas con la música y con las discográficas, por eso sé que actualmente el tema está muy complicado. Las discográficas no son rentables. La gente no compra discos y su producción requiere una gran inversión.

Hace un año elaboré mi propio CD en casa (el primero), con todo lo que ello supone en cuanto a calidad musical, sonido e imagen. Qué se le va a hacer. Lo cierto es que aprendí mucho en el camino, disfruté como una niña y lo hice con todo mi amor. Después vi que aquello fue lo que necesitaba hacer en ese momento, más bien como un proceso interno de autosanación y autodescubrimiento; no obstante, la gente seguía sin conocer mi música.

Mientras estuvimos buscando cajas en el despacho de mi amigo, me explicó que antes se dedicaba al mundo de las producciones musicales. Era mi primer contacto con este mundo y sinceramente, la sorpresa me había dejado sin palabras. Le conté que componía mis canciones y las cantaba. Aun así no me veía luchando por dar conciertos, ya que no era mi punto fuerte y me sentía incómoda ante el público. Quería que mi música se incluyera en los medios como banda sonora. Eso es lo que quiero. Cada vez que grabo una canción con mi guitarra, me imagino la/s escenas de alguna película. A veces lo veo todo tan claro... me cuesta pensar que me iré de este mundo sin que mis canciones estén en la gran pantalla.

Mi amigo me confió algunas recomendaciones, sugerencias y posibles caminos a seguir. Traté de asimilarlo todo según caminábamos por las calles frías de la ciudad con las cajas a cuestas, a veces haciendo malabares. Llegamos a la vivienda de su amiga, junto con dos personas más que se sumaron a la aventura.

Una mujer de mediana edad nos abrió la puerta, sonriente, con acento extranjero. Estaba en silla de ruedas. Al verla sentí la necesidad de comenzar a hacer cajas sin preocuparme de nada más. Aquello era urgente y no necesitaba saber los motivos ni las circunstancias. Sólo quería ayudar. Según trabajábamos, ella nos daba indicaciones de qué objetos debíamos empaquetar o incluso cómo debíamos hacerlo, ya que había algunas obras de arte en la casa. Me sobró media hora para percatarme de que aquella mujer era alguien muy interesante, culta y con grandes contactos. A partir de allí no cuestioné sus circunstancias. Lo cierto es que allí no había nadie ayudándola y lo que le deparaba era poco esperanzador.

Sentí que de alguna manera ella quería hacerme ver quién era. Tal vez porque yo no preguntaba nada. Me explicó vagamente a qué se dedicaba, dónde había vivido y el mundo en el que se mueve. Entre otras magníficas cosas, era una gran artista. Esto tampoco era casualidad. Mi amigo le dijo que yo era cantautora. Al principio no se interesó, simplemente dijo que siendo así no se trataba de una casualidad de que yo estuviera allí. No quise parecer una oportunista así que continué con mis cajas, en silencio y con paciencia. Ella se me acercó mientras cerraba una de las cajas, y me preguntó qué cantaba. “Baladas”, le respondí. La conversación acabó con puntos suspensivos.

Al despedirnos en la puerta, nos miró a los tres que marchábamos, y nos dijo que sabía cómo agradecernos nuestra desinteresada ayuda. Desde ese día estaríamos en contacto.

Sólo sé el nombre de esta mujer, que ha recorrido mucho mundo, que es una gran científica y una gran artista. De grandes talentos y profundos conocimientos. También sé que todas estas coincidencias no fueron casualidades en mi vida, y sobre todo sé que proceden de un auténtico acto del corazón.

Mientras escribo esta historia acabo de recibir un mensaje de mi amigo. Me pide permiso para darle mi contacto a su amiga… se lo acaba de pedir. Creo que es una historia muy bonita, emotiva y esperanzadora para comenzar el nuevo año.

Mis queridos lectores… seguid los dictados de vuestro corazón. Cuando os sintáis impulsados a hacer algo que no sabéis por qué, por favor, no os lo cuestionéis, dejad que la historia suceda. Nada malo puede venir cuando sale del corazón.

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