Las palabras que no se dicen

20.12.2015 11:22

Hace dos horas me he despertado pensando en las palabras que no se dicen. He repasado todo lo que sucedió el día de ayer, desde que me levanté de la cama con ganas de tomarme un café mirando al mar y compartir unas horas con mi compañero favorito, hasta el momento efímero de creación musical sentada al piano bien llegada la noche.

Ayer fue el cumpleaños de mi abuelo, 19 de diciembre. Recuerdo que unas semanas atrás os prometí que de camino al trabajo conversaría con él, del mismo modo que lo hacíamos cogidos de la mano cuando venía a buscarme a la salida del colegio (lo hice y seguí sus indicaciones). Ayer fue su cumpleaños y aunque hace muchos años que en mis sueños no siento su presencia real, de alguna manera sigue estando presente. Me hizo varios regalitos, que todavía no he acabado de procesar en mi cabeza.

Pues bien, esta mañana me he despertado pensando en las palabras que no se dicen, palabras que nos dejamos en el tintero. He de confesaros que mi maestría en dejarme cosas en el tintero es notable. También he de reconocer que en los momentos más críticos he acabado vaciando el tintero por mi propio bien, como quien sabe a ciencia cierta que va a abandonar este mundo y no quiere cargar con tanto peso. Sin embargo, en cuanto al día a día se refiere, me llevo el premio gordo de Petete.

Cuando no hay sentimientos por medio lo suelto todo. Me considero una persona sincera, honesta y directa. Según me he impregnado de la experiencia de la vida he aprendido a ser algo más diplomática... tal vez con cierta sutileza fingida... pero el mensaje siempre cae donde tiene que caer. Otras veces en cambio, me voy a casa pensando en por qué diablos no hemos hablado de esto y lo otro. Reviso fotograma a fotograma el hilo de la conversación mientras trato de averiguar el motivo por el que no hemos tratado determinadas cosas de las que me hubiera gustado hablar. Por cierto, normalmente suelen ser las más profundas y personales.

El pasado mes de septiembre nos dieron la noticia de que a mi padre se le reprodujo el cáncer. Dado que en esta ocasión no es operable, los tratamientos de quimioterapia y radioterapia han sido inevitables. Sabíamos lo que podía suponer esto, ya que mi padre tiene problemas cardiopáticos severos. A comienzos de este mes lo tuvimos que ingresar en el hospital. La última sesión de quimioterapia casi lo llevó al otro barrio, y por suerte mi madre se percató de que algo no iba bien en el baño de casa... Ahora mi máxima aspiración es que pueda gozar de una buena calidad de vida durante un par de añitos más y que él haya aprendido por fin "la lección" de su vida para poder disfrutarlos cerrando el círculo con una sonrisa.

Cada mes quedamos mi ex compañero de trabajo y yo para ponernos al día de nuestras cosas. Nunca hasta ayer le había hablado de las circunstacias actuales de mi padre. Ayer precisamente salió el tema en relación a la Navidades en el último momento de la despedida. Cuando volvía en moto a casa pensaba en cómo era posible que no le hubiera contado algo así en todos estos meses. La conclusión es que me faltaba tiempo. Cuando el tiempo es limitado tiendo a hablar de temas divertidos, constructivos o de cuestiones que ambas personas tenemos en común. Exactamente lo mismo pensé en relación a su pareja. Nunca parezco interesarme de cómo le va cuando en realidad me lo pregunto muchas veces a mí misma cuando estoy en mi casa o de pronto en algún momento me viene el recuerdo a la mente.

Lo que me deja tranquila es que sé que no lo hago deliberadamente. Es más bien una cuestión de tiempo, prioridad de los puntos en común y gestión del contexto anímico. Vaya, que por unas horas que compartimos al mes no quiero ponerme melodramática. Quiero hablar de cosas divertidas, al menos por mi parte, para salvaguardar mi estado de ánimo.

Todos vosotros sabéis, amigos y amigas, que no es lo mismo contar que escuchar. Cuando escuchamos desgracias ajenas sentimos empatía pero no nos hundimos en las tinieblas tenebrosas de nuestro ser. Sin embargo, cuando hablamos de nuestras propias desgracias, nos sumergimos de forma inmediata en el submundo, y salvo que tengamos la gran certeza de que vamos a poder salir de él por nuestros propios medios (o por otros medios cualesquiera que sean), es mejor que no nos hagamos aguadillas a nosotros mismos. Eso no significa que no debamos exteriorizar nuestras desgracias, al contrario. Debemos hacerlo para traerlas a la consciencia, ordenar las ideas, darles claridad y solucionarlas. Lo que no debemos hacer es ensañarnos con los malos pensamientos y las vibraciones bajas. No debemos familiarizarnos con ese inframundo más de lo debido porque de lo contrario, el día menos pensado no seremos capaces de ver la luz. Resumiendo, debemos manejar nuestras tinieblas en beneficio propio, sin caer en sus profundidades.

El mayor de mis primos ha escogido un mensaje muy interesante para su whatsapp: "He llegado a esa edad en la que mi cerebro en lugar de decirme: -ni se te ocurra decir lo que estás pensando-, me dice: -tú suéltalo, a ver qué pasa... ". Pues eso.
 

—————

Volver