No existe un Yo permanente

30.10.2016 19:53

Siempre me ha sorprendido recordar momentos de mi vida. Hay un aspecto curioso en esta reflexión que hace que en ocasiones me resulte muy difícil identificarme con la persona que recuerdo. Pienso en las experiencias pasadas, en mis pensamientos, en mis reacciones, en mi actitud, en mis sentimientos y en mis decisiones. Nunca me he arrepentido de nada de mi pasado; no obstante, reconozco que desde que nací hasta el día de hoy he representado a personas diferentes.

Muchos de vosotros pensaréis que lo que acabo de afirmar me convierte en víctima de una patología neurológica extraña, pero lo cierto es que a todos los seres humanos nos sucede exactamente lo mismo. La única diferencia es que yo he reflexionado sobre ello, he dado una estructura lógica a mis hallazgos y finalmente he querido compartir mis emociones con vosotros (me río).

La primera vez que pisé el colegio tenía cuatro años bien cumplidos. Mi madre no quería sapararse de nosotras así que nos tuvo en casa bien calentitas hasta que no hubo más remedio que abandonar el nido. Nunca se me olvidará mi primer día de clase. Mi madre me llevó tarde (supongo que no quiso hacerme madrugar). Todos los niños estaban sentados en sus mesas redondas y sus taburetes minúsculos en plena faena. Cuando mi madre se giró y pretendió irse a casa sin mí, entré en pánico y no pude hacer otra cosa que llorar y gritar a pleno pulmón. Así estuve durante unos cuantos días.

Al cabo de unos meses me encantaba ir al cole. En poco tiempo absorbí todo lo que me dieron y más. En lo que se refiere a la parte social, tendía a tener un amigo especial con quien hablar o hacer travesuras antes que jugar. Nunca me gustaron los grupos. Buscaba la compañía y la complicidad del tú a tú, las distancias cortas, la confianza inquebrantable, la fidelidad de la amistad. Nunca busqué ser líder pero sólo era cuestión de tiempo. Sin quererlo ni pensarlo despertaba el respeto y la admiración de las personas que me rodeaban.

Nunca me dejé arrastrar por los/las que quisieron tenerme de forma exclusiva y jamás manipulé a ningún compañero/a en interés propio. Me encantaba aprender, investigar, descubrir, experimentar y pasar tiempo sola o en compañía de mi abuelo. Lo único que puedo decir es que durante mi infancia fui lo más parecido a lo que ahora mismo soy.

Mi adolescencia estuvo representada por otro tipo de persona. La niña dejó de ser tan niña, no sólo por la edad sino por la educación y la influencia del entorno. El barullo emocional que se forma en esa etapa de la vida es equiparable a una crisis existencial acompañada de una depresión temporal que dura diez años. Todavía hoy pienso firmemente que la sociedad y la familia no estamos preparados para que un adolescente supere dicha etapa con éxito.

En la adolescencia se nos carga la mochila de traumas, de odios, de rencores, de secretos del alma. Nuestro inconsciente comienza a absorber un número ilimitado de emociones que ni siquiera entiende, es más, ni siquiera sabe que existen en su interior. Todos estos sentimientos se colocan como pueden en nuestro salón particular y comenzamos a ver e interpretar la película de nuestra vida. No nos enseñan a entender nuestros sentimientos y como resultado los gestionamos como podemos. Algunos mejor y otros peor.

Con el tiempo me he dado cuenta de que la sociedad en general, incluyendo la familia, trata a las personas de tres maneras diferentes: como niños, como adultos o como ancianos. Los adolescentes como tal no existen, por lo que acaban siendo etiquetados de niños o de adultos, cuando en realidad no representan ni a unos ni a otros. Tremendo error. Acaban siendo incomprendidos y la impotencia de la incomprensión multiplicada por la intensidad de las experiencias que están sufriendo se convierte en una bomba de relojería.

Para que una bomba de relojería no explote y se mantenga en calma necesita buscar algo a lo que aferrarse. Los adolescentes no saben por defecto buscar en su interior ya que el remolino de emociones no se lo permite, así que buscan en el exterior. Por suerte o por desgracia cada persona tiene un entorno diferente. Si el/la adolescente está rodeado/a de personas dedicadas a la música es probable que encuentre su salvavidas en la música. Sin embargo, si el/la adolescente está rodeado/a de conflictos familiares buscará apoyo en el mismísimo conflicto, a ver si así le prestan un poco de atención.

Mi guarida siempre fue mi habitación, mis libros, mi música y más tarde el amor. Con el tiempo pasaba más tiempo en la calle que en casa, como otros muchos adolescentes, aunque por suerte nunca me dejé arrastrar por lo que no quería. Me siento muy orgullosa al decir que nací con personalidad y carácter propios, inmutables ante cualquier situación o bajo cualquier presión. Otra cosa es que emocionalmente fuese un jaleo con patas...

Llegó la hora de hacerme formal, acabar mi super carrera, tener un trabajo de prestigio, "ganar lo suficiente como para merecerme un respeto" y por qué no, tener un novio tan educado y formal como yo (al menos aparentemente). Esta etapa de mi vida me aportó mucho, sobretodo en lo que respecta a mi carrera profesional de la que me siento tremendamente orgullosa. Por lo demás es un enfoque totalmente equivocado de la vida.

Llegado el momento, vive, ríe, viaja, disfruta, enamórate, haz locuras, cambia de piso constantemente, experimenta, prueba, termina lo que comienzas o déjalo a medias... haz lo que te plazca... pero por encima de todo, arriésgate por lo que quieres y no sacrifiques ni pospongas tus sueños por nada ni nadie del mundo mundial. Ese novio/a al/a que tanto quieres pasará a ser un bello recuerdo de tus amores de adolescencia pero jamás te podrá devolver los maravillosos años en los que marcamos el rumbo de lo que será nuestra vida.

Tras esta etapa de reconversión a lo correcto pueden pasar dos cosas: que te dejes llevar por la corriente del río o te des cuenta de que tienes muchas cosas por descubrir de ti mismo/a simplemente porque ahora sí que tenemos la capacidad de comprender nuestras emociones, conocernos y sacar lo mejor de nosotros. Si nos saltamos este paso y nos dejamos llevar por la corriente, probablemente tengamos una vida bonita (como una casa con fachada bonita) aunque probablemente no seremos dichosos (¿qué se esconde tras la bonita fachada?). Cada uno que haga su propia reflexión.

Actualmente hay una tendencia cada vez mayor a casarse tarde (o a no casarse) e incluso a tener hijos a partir de los cuarenta. Hay quienes piensan que esto es intolerable; hay quienes defienden que es la manera más sabia de disfrutar de la vida, conocernos a nosotros mismos, saber lo que queremos y lo que no queremos, y por lo tanto de escoger el momento oportuno para educar a un hijo emocionalmente sano. Por supuesto también existe una tercera opción: no tener hijos. Lo dicho: cada uno que haga su propia reflexión.

A fecha de hoy soy la persona que soy gracias a todo mi pasado, con todo lo bueno y con todo lo malo. Motivo más que suficiente para no arrepentirme de nada. Como os anticipaba al inicio de este post no siempre me resulta fácil identificarme con las personas que he representado a lo largo de mis treinta y largos años. No obstante, esta confesión esconde un lado positivo.

Tras varias y profundas reflexiones he llegado a la conclusión de que mi esencia sí ha permanecido invariable, que el cambio es la clave para la evolución y que la Erinlur que os está escribiendo estas líneas se parece más que nunca a la Erinlur pequeñaja e inocente que dejó de serlo en su adolescencia. Una gran noticia.