La historia de su vida

03.03.2013 13:36

Era un hombre serio, orgulloso de sí mismo. Estaba sentado frente a mí, esperando que nos sirvieran la comida que había escogido para nosotros. Con cierta impaciencia observaba cada rincón del salón, mientras sus ojos se quedaban clavados en el horizonte del pensamiento. Aquel hombre tenía una gran historia que contar y yo estaba allí para escucharla.

Sus manos se entrecruzaban una y otra vez. Corregía cualquier distracción de su cuerpo, manteniéndose erguido, sin permitir un solo descuido. Su rostro reflejaba el dulce bienestar de una vida exigente, disciplinada, agradecida al esfuerzo dedicado.

Me preguntaba si alguna vez aquel hombre fue capaz de rendirse a la libertad. Trataba de imaginarlo siendo un abuelo, acariciando a su nieto, contándole cuentos de príncipes y castillos. Me lo imaginaba jugando con su perro, robándole un beso al amor, y suspirando de tristeza al acostarse. Sabía que en la profundidad de su alma yacía un mundo de sueños, de risas, de pasiones ocultas… y de grandes temores.

Mientras comíamos sentía cómo la incertidumbre le invadía. Transmitía una sutil angustia que trataba de disimular tras una actitud de calma estudiada. De vez en cuando le delataba una mirada rápida y audaz, que salía de su guarida para observar nuestra expresión. ¿Era lo que esperábamos de él? ¿Acaso nos había decepcionado?

Cuando nos quedamos solos decidí apoderarme del momento que mi destino me estaba regalando, y abrí el telón de la confianza: "Sr. Julio, ¿me permite que le haga una pregunta personal?". De pronto vi cómo la expresión de su cara se suavizaba y reflejaba una tierna sonrisa. "¿Cómo es que Ud decidió dejar de estudiar a los 12 años para trabajar en una farmacia?".

Fue un gran estudiante; sobresalía en todas las asignaturas. Sus profesores le adoraban y su padre depositó toda la confianza en él. Julio sería una gran persona y llegaría muy lejos en la vida.

Se quedó en silencio, cabizbajo, y tras meditarlo durante 3 segundos, volvió a la vida. Se acercó a mí como si quisiera contarme un secreto y no quisiera que nadie más lo escuchara: "Lo hice por no decepcionar a mi padre".

Por un momento sentí que mi estómago se revolvía por lo que acababa de escuchar, o tal vez por la emoción que suscitaron aquellas palabras en mi corazón. No entendía qué estaba sucediendo, pero lo que sí era una realidad, es que aquel hombre tomó una decisión que marcó el resto de su vida, y tan sólo tenía 12 años. "Sr. Julio, no comprendo muy bien cómo su padre pudo querer que Ud dejara de estudiar… ¡fue un alumno brillante!".

Entonces, con cierta sorpresa de no haber captado el malentendido que sus palabras podían provocar en mí, se apresuró a resolver aquella confusión. "¡Noooo! ¡Mi padre quería que yo estudiara! Sólo que aquel curso comencé a bajar mi rendimiento y dejé de sacar sobresalientes…". La conversación mantenía un halo de misterio, añoranza y tristeza: "En la farmacia ganaría más dinero que muchas personas de la ciudad, y más adelante podría pagarme mis estudios de Economía en la gran universidad de Coimbra." El tono de su exposición denotaba entusiasmo. Un entusiasmo que le permitió sobrevivir durante todo este tiempo a aquella decisión.

El Sr. Julio continuó dándome explicaciones: "Mi padre confiaba plenamente en mí y yo no podía defraudarlo. No podía permitir que mis notas empeoraran. Pensé que debía dejar mis estudios antes de decepcionarlo."

Mi alma se cayó a los pies. Era como si de repente alguien hubiera cogido el sol del cielo y lo hubiera fundido en el océano. Esta vez eran mis ojos los que se quedaron clavados en el horizonte, tratando de asimilar el dolor de aquel niño de 12 años que decidió dejar de estudiar para demostrar a su padre que iba a seguir siendo una gran persona con un intachable futuro profesional.

"Sr. Julio, ¿alguna vez se lo contó a su padre?". Su mirada se desvinculó de mi pregunta, y con un leve movimiento giró su cara hacia el cristal. Una vez más depositó sus más profundos recuerdos en la lejanía. "No, nunca lo hice. Y ahora ya es tarde."

La lección estaba aprendida. Di gracias a mi destino por haber conocido a aquel hombre con la mirada firme, y de haber querido compartir conmigo la historia de su vida.

 

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