Quién es Erin Lur

Érase una vez una niña algo asilvestrada, parlanchina y precoz, que iba cada día encantada al colegio de la mano de su abuelo. Muy ocurrente y graciosa, el abuelo le repetía una y otra vez que era su favorita. Había nacido para ser una "gran maestra". Le encantaba escuchar las historias de los adultos, resolver crucigramas y jeroglíficos, hacer cálculos matemáticos y jugar con los animales.

Siempre se rodeaba de chicos, eran sus mejores amigos. Hacían travesuras divertidas de las que tenían que salir "pitando" en numerosas ocasiones. Patinaba con cierta pericia y disfrutaba pedaleando velozmente su bicicleta roja.

Ya desde primaria ganaba todos los concursos de cuentos, y los profesores la desfilaban de clase en clase como un trofeo, mostrando la perfección de sus tareas. Cuando llegaba a casa tenía que hacer sus deberes para irse rápidamente a clases de inglés, solfeo y piano. Así día tras día durante 17 años. Sentía especial pasión por el piano, pero siempre pensó que no estaba dotada de un talento natural para ello.

Desde jovencita fue enamoradiza, aunque protegida por su timidez se acostumbró a soñar despierta. Así nació su ilusión por el romanticismo y por el amor incondicional. Leía y escribía poemas de amor, sus deseos más íntimos, los primeros fracasos amorosos, frustraciones y alegrías.

De mayor quería ser periodista, viajar a países diferentes para retransmitir sus historias. Quería ser arqueóloga, para descifrar los misterios de la vida. Quería ser artista.

Llegó el momento de la verdad y Erin Lur no pudo ser cualquier cosa, así que luchó por los retos más difíciles para demostrar que estaba a la altura y que sus facultades no se estaban mermando. Se convirtió en una mujer de empresa, con sus ambiciones y con gran motivación para vivir en la abundancia. Era el orgullo de la familia.

Llegó a la primera cima y sintió la necesidad de subir más. Llegó a la segunda cima y vio que allí no había nada. Miró hacia atrás y ni siquiera veía el camino de vuelta, así que allí se quedó, sola, confundida y dispuesta a tirarse en un paracaídas para volver a tocar el suelo y comenzar de cero.

Cuando tocó el suelo le tendieron una mano preciosa, que en el momento que más la volvió a necesitar, la dejó caer. Optó por hacerse fuerte y luchar por sí misma, por su bienestar, su felicidad. El camino de ida iba a ser doloroso y el camino de vuelta inexistente, pero tenía una gran misión que cumplir: vivir con el corazón y descubrir su vocación.